Artículo: El Dios de los débiles.

“Entonces clamó Sansón a Jehová, y dijo: Señor Jehová, acuérdate ahora de mí,
y fortaléceme, te ruego…” Jueces 16:28


La historia de Sansón es sin duda, una de las más tristes de toda la Biblia. ¿Qué más podemos decir de Sansón, además de mencionar su inigualable fuerza? Sansón fue un hombre escogido por Dios desde antes de su nacimiento, que sin embargo, cometió grandes errores a lo largo de su vida. Su historia es la del hombre que puede matar a un león con sus propias manos, pero cae rendido con el llanto falso de una mujer; él puede matar a mil hombres sin ninguna ayuda, pero es esclavo de sus deseos desordenados. Sansón es el más fuerte y el más débil al mismo tiempo.

A lo largo de todo el libro de jueces encontramos hombres imperfectos (¡muy imperfectos!), que a pesar de sus debilidades son usados por Dios para libertar a su pueblo. Pero la historia cambia cuando Sansón aparece en escena. Él tiene todo para ser el mayor de todos estos caudillos, sin embargo, es el último y el peor de todos; no liberta a su nación del yugo de los filisteos, por el contrario, solo pelea contra ellos por motivo de su propia conveniencia. Finalmente, un día es traicionado y atrapado por sus enemigos.

Al leer acerca de este hombre recordamos que Dios no mira lo que miran los hombres: lo fuerza, la hermosura y el talento; Dios mira el corazón (1 Samuel 16:7).

Visto desde ese lente, la historia de Sansón no es como generalmente pensamos: No es la historia del hombre poderoso y fuerte, sino la historia de un hombre impulsivo y débil que recibió la maravillosa e inmerecida gracia de Dios. Es por esto, por lo que al leer, no podemos dejar de preguntamos ¿Por qué Dios respalda a Sansón a pesar de sus errores y pecados? ¿Por qué Dios espera tanto para abandonar a un hombre que nunca le tomó en cuenta?  ¡El no se merece que Dios le ayude! ¡Mucho menos, que le favorezca con esa fuerza descomunal!   Razonamos así pensando que somos mucho mejores que Sansón. Pero nos parecemos a el mucho más de lo que imaginamos.

La única respuesta posible a nuestras preguntas y argumentos es: La gracia de Dios. ¡Así es como funciona! Dios no escoge lo que nosotros consideraríamos. Él no nos llama basándose en nuestras capacidades, ni en nuestras buenas obras. Más aún, sus planes no dependen de nosotros. Él hará lo que se ha propuesto y lo hará con nosotros, sin nosotros o a pesar de nosotros. Él es soberano. Él pelea sus propias batallas.
Esto no son malas noticias. Serían malas si dependiera de nosotros y no de Dios. La verdad es que cuando Él nos hace participes de sus planes dentro del matrimonio y familia que formamos; en la iglesia a la que pertenecemos, o cuando llevamos el evangelio a otras personas, no somos nosotros el factor clave, ¡Dios lo es! Él nos hace colaboradores suyos porque ahí podrá moldearnos a su imagen y bendecirnos misericordiosamente. Pero al igual que Sansón, muchas veces somos ciegos a ese inmenso favor inmerecido que hemos recibido de nuestro Dios, nos olvidamos de su Palabra y hasta llegamos a creer que las cosas buenas suceden gracias a nosotros.

Después de toda una vida de creer que la fuerza es suya y que puede cometer cualquier tipo de excesos sin consecuencias, Sansón es traicionado por su amante Dalila, y dominado por sus enemigos; no es ya un libertador sino un esclavo, su fuerza se ha ido, le han sacado los ojos y Dios se ha apartado de él. No es ni la sombra de lo que fue en el pasado ¡Nunca ha estado tan lejos de poder cumplir los planes de Dios para libertar a su pueblo! Pero como ya dijimos, esta no es la historia de Sansón el fuerte, sino del Fuerte Dios. En el momento más bajo de Sansón, Dios le concede el arrepentimiento y también le da la mayor victoria de su vida. La ultima oración de este hombre clamando misericordia y reconociendo a Dios como la fuente de su fuerza, es el momento cumbre de su vida.

La historia de Sansón es un eco del mensaje de la gracia y del poder de Dios. “Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia” (Ro. 9:16).

A lo largo de la Biblia vemos a nuestro Dios brillar en medio de hombres y circunstancias como estas. Él es el Dios de los débiles y los desvalidos; de los enfermos y los angustiados; de los humildes y arrepentidos; de los pobres y los que lloran. Es en medio de esos valles de vidas devastadas y rendidas a Cristo, que su gloria brilla. En nuestra flaqueza, sus fuerzas nos levantan. En nuestros pecados, su poder nos perdona y santifica; en medio del dolor Él sana y es nuestra paz.

No hay imposibles para el Dios de la Biblia. Él es el Dios que escoge líderes miedosos y tartamudos, salva con ejércitos pequeños, hace capitanes a hombres que nunca han ido a la guerra y es capaz de hacer teólogos a un pescador y a un asesino por igual.
Este es el inmenso Dios, a quien le plació abandonar su gloria y descender hasta un pesebre. El es quien derrotó a la muerte y al pecado muriendo ensangrentado y desgarrado en una cruz. La devastación y la gloria resplandecen juntas en la cruz de Cristo, y de tiempo en tiempo resplandecen también juntas en momentos de nuestra vida, recordándonos que “Si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos.” Ro. 14:8.

El Dios de los débiles es el fuerte Dios: ¡Nuestro fuerte Dios!

6 thoughts on “Artículo: El Dios de los débiles.

  1. Muchas gracias por preparar este articulo. Dios los siga bendiciones. Saludos de Tijuana México.

  2. Hermoso articulo, recordar que siempre es por su Gracia y misericordia. Bendiciones.

    • Así es. Siempre es por su gracia! Saludos Glenda.

  3. Excelente publicación y de mucha bendición para nuestro andar en Cristo. Que EL Dios de los débiles EL Dios fuerte lo bendiga pastor Emanuel

    • Que bueno que el artículo haya sido de bendición para tí, Victor. Bendiciones!

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