Artículo: El orgullo detrás del telón

Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres
Colosenses 3:23.


Todo el mundo anhela ser reconocido. Queremos que las demás personas vean lo que hacemos, que noten nuestros logros y avances, que respondan agradecidos hacia nosotros cuando hacemos algo que les beneficia.

¿Cuál es la realidad? Empezaré diciendo que la realidad es muy distinta de nuestras expectativas. La mayoría de las ocasiones, sólo nosotros notamos lo que hacemos, pasando desapercibidos a los ojos de todo el mundo. Pocas veces recibimos la gratitud que esperábamos, incluso de personas que verdaderamente nos aman.
Ante estas respuestas ingratas, a veces nos entristecemos e incluso nos amargamos. No siempre nos atrevemos a decirlo, pero nos duele profundamente. Nos sentimos víctimas de los demás. Sin embargo hay una realidad tenebrosa detrás de ese dolor; una realidad de la que casi nunca nos damos cuenta:
Una buena parte de ese dolor que sentimos, no es más que nuestro orgullo herido.
El orgullo no proviene de Dios. El Señor es el único que puede procurar su gloria y lo hace en santidad perfecta. ¡Él es Dios!  El no desea la gloria de nadie más: es perfecto y justo que Él haga aquello que le da gloria. Además de que nosotros somos grandemente beneficiados cuando lo hace.   En cambio, cuando nosotros como seres creados queremos recibir honra y reconocimiento, contaminamos nuestro corazón y pronto todo comienza a caer.  Sencillamente no fuimos creados para buscar nuestra gloria. Sino que fuimos creados para que nuestras vidas dieran gloria a Dios.
Por esto, todos y cada uno de los pecados tienen su cimiento en el orgullo. La radiografía del pecado nos muestra que personas creadas para dar gloria a Dios, han torcido el propósito para el que fueron creadas;  la radiografía nos muestra a ti y a mí errando en el blanco al tratar de vivir para alcanzar esa gloria y satisfacción para nosotros mismos en vez de hacerlo para Dios.
No importa cuál es el pecado que estamos cometiendo; puede ser odio, mentira, hipocresía, lujuria, desobediencia, tibieza espiritual, o cualquier otro; cuando pecamos lo que estamos diciendo es: “Yo soy dios. Nadie más tiene la autoridad de gobernar mi vida. Vivo para mi voluntad y vivo para mi placer”.
Así que cuando ves este panorama, el pecado cobra una dimensión más profunda de la que habitualmente queremos ver.  Casi nadie se considera a sí mismo una persona orgullosa, pero si reconocemos que somos pecadores, entonces tenemos que arrepentirnos del terrible orgullo que se esconde detrás de todos nuestros pecados.
Mientras nosotros nos preguntamos porque las personas no reconocen lo que hemos hecho por ellas, deberíamos estarnos preguntando ¿Por qué anhelo recibir el reconocimiento de algo que debí haber hecho para que Dios fuera reconocido y glorificado?
¿Somos capaces de gloriarnos en el Señor? ¿Estaríamos dispuestos a recibir solo el reconocimiento que Dios nos dé? ¿Soportaríamos una vida sin alabanzas de los hombres para ser galardonados por Dios en el Cielo?  Parece bastante difícil ¿Cierto?
Si bien es cierto que es lindo sentir la gratitud de las personas hacia nosotros, esa satisfacción es nada comparada al gozo de ver que otros glorifican a Dios a través de lo que hacemos.  Como lo ha dicho el pastor John Piper: “Dios es más glorificado en nosotros cuando nosotros estamos más satisfechos en Él”.