Artículo: ¿Es Cristo el centro de nuestras reuniones?

Cuando, pues, os reunís vosotros, esto no es comer la cena del Señor. Porque al comer, cada uno se adelanta a tomar su propia cena; y uno tiene hambre, y otro se embriaga. 
1 Co.11:20 y 21.


Sin duda, una de las escenas mas recordadas de los evangelios es el de la ultima cena: un momento crucial y emotivo que Jesús tuvo con sus discípulos en los momentos previos a su aprehensión y juicio. La hemos visto en cuadros o películas, y más allá de los colores o los diálogos, según del arte que tengamos ante nosotros, hay algo que siempre se repite: Jesús se encuentra en el centro.

Aunque la Biblia no menciona como estaban dispuestos los lugares de aquella mesa, nos es difícil imaginarlo de otro modo. El punto cúspide de la redención estaba por suceder ante los ojos del mundo, y Jesús lo anunciaba por última vez a sus discípulos, en esta ocasión de una manera tan especial, que quedaría como un memorial también para nosotros: la iglesia.  En aquella mesa, como en todo Jesús era el centro de todo lo que sucedía y estaba por suceder.

Las iglesias del primer siglo continuaron con el mandato del Señor Jesús cuando dijo: “haced esto en memoria de mi” pero muy pronto estos banquetes de amor conocidos como “ágapes” tomaron un rumbo muy diferente: la comida, la bebida y el interés personal de cada uno se convirtieron en lo más importante, olvidando completamente el el origen y propósito del mandamiento que Jesús había dado.

Actualmente celebramos la cena del señor con una frecuencia distinta en cada congregación. He conocido iglesias que lo hacen en todas sus reuniones y algunas otras lo hacen muy esporádicamente; algo que sin duda podrían mejorar haciéndolo con mayor frecuencia.
La Palabra nos enseña que la Cena del Señor provee de una comunión muy especial entre el Señor y la Iglesia. El mensaje del Evangelio queda subrayado de una manera muy gráfica. También la cena del Señor provee de un momento de reflexión y adoración que no tenemos como creyentes individuales, sino solo como parte de una iglesia local. Por eso no celebramos la cena del Señor en nuestro tiempo a solas con el Señor, sino que lo hacemos cuando nos reunimos y cuando lo hacemos, lo hacemos juntos y con el orden que la Biblia nos enseña.

Es evidente que el mensaje de la cruz no debe de ninguna manera quedar relegado a reuniones especiales como aquellas en que celebramos la Santa Cena, o cuando tenemos servicios evangelísticos. No! El mensaje centrado en la persona y obra redentora de Cristo es lo que le da sentido a cualquier cosa que pudiéramos decir acerca del matrimonio, la familia, las relaciones interpersonales, etc. Toda cosa buena que se diga o haga en la iglesia, sin que el motor de ella sea Cristo mismo, no es mas que superación personal barata, moralismo pseudo-cristiano que no cambia vidas.

Al igual que cuando tomamos la Cena del Señor, el mensaje del Evangelio debe estar presente en todas nuestras reuniones y en cada uno de los elementos que las componen. Nuestras reuniones son nutridas mediante las canciones que cantamos, momentos de oración, participaciones de quienes presiden, recursos escritos como boletines o programas de reunión y avisos que damos. A ello agregamos los nuevos elementos de multimedia que la mayoría de las iglesias están incorporando, y por supuesto, el elemento principal de la Palabra predicada. Cada una de estas cosas transmite un mensaje y debemos reconocer que el centro de ese mensaje no siempre es Cristo.

En los últimos años muchos pastores se han interesado en mejorar toda la parte organizacional de sus reuniones. Han surgido muchos libros y artículos al respecto. Revisamos semana con semana nuestras reuniones para ver que cosas podemos mejorar e implementar; y aunque puede haber algunas cosas muy positivas dentro de ello, lo lamentable es estas mejoras no han contribuido en gran cosa  a que tengamos reuniones más cristocéntricas. No al menos en todas las Iglesias.
Como pastores, mantenemos un gran interés en los pequeños detalles de nuestras reuniones, pero constantemente debemos recordar que es una gran responsabilidad cuidar que nuestras mejoras siempre le hagan brillar más a El y no solo mejorar la eficiencia operativa de la iglesia.

El mismo mal que aquejaba a la Iglesia en Corinto, puede ser ahora nuestro: reunirnos para buscar lo propio. Lo que debería ser un momento de comunión con el Señor, de atender su palabra, de enfocarnos en el, de servir a los santos y estimularnos al amor y a las buenas obras, puede convertirse en reuniones masivas de autocomplacencia donde Cristo y el Evangelio son nada más que el medio por el que alcanzamos la respuesta a nuestras peticiones.
¡No permitamos que nos suceda lo mismo!

¡Que Cristo sea suficiente para saciarnos, 
que busquemos su rostro y no solo sus manos, 
que seamos hallados buscándole a El 
y no buscándonos a nosotros mismos!