Artículo: ¿Es la Biblia un libro misógino?

Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón; porque así como la mujer procede del varón, también el varón nace de la mujer; pero todo procede de Dios.
1 Corintios 11:11 y 12.


 

Vivimos en una época en que la agenda social de los gobiernos y comunidades boga en favor de la igualdad de derechos entre todos los seres humanos. Igualdad de derechos para todas las razas y clases sociales, para todos los credos y también igualdad entre hombres y mujeres.

Esto, que suena tan bien socialmente hablando y que defiende en primera instancia la justa igualdad de acceso a cosas tan importantes como la atención médica y la educación, a veces pasa por alto una verdad muy importante: Los hombres y las mujeres no somos iguales.
Es una realidad que nada tiene que ver con nuestro valor como seres humanos o como creación divina, pues si bien, la Biblia nos explica detalladamente que Dios primero creó al varón y de su costilla tomó después a la mujer, también se toma el tiempo de mostrarnos como ambos tienen el mismo valor, tanto así, que Dios mismo establece que al unirse Adán y Eva como esposos, ambos serían una sola carne. Esto sería inconcebible si de alguna manera Dios y su Palabra supusieran que Eva fuera de alguna manera inferior a Adán. Sencillamente no es así.

La Biblia también es muy detallada en hablarnos de esas diferencias tan importantes entre los roles del hombre y la mujer dentro del matrimonio, la familia, la sociedad e incluso la Iglesia.

Somos iguales en valor, pero distintos en diseño, por tanto, nuestras funciones y roles también son muy distintos. Tan equivocado es decir que alguno de los dos, el hombre o la mujer valen menos, como equivocado es decir que alguno de ellos puede desempeñar bien el rol que Dios dispuso para el otro.

El mundo trata de hacernos iguales en todo, como si esas diferencias que son tan obvias simplemente no existieran. Debemos saber que ese juego es muy peligroso.
Esta mentalidad distorsionada del mundo nos dice que hombres y mujeres son iguales. No hay diferencias; por lo que no hay problema -dicen ellos-, en redefinir el matrimonio: no más hombre y mujer, sino que ahora puede haber matrimonios entre dos hombres o entre dos mujeres. Cada vez son más los países en los que la ley reconoce y ampara éstas uniones que Dios clara y expresamente desaprueba en su Palabra. Por cierto está sucediendo en nuestro país.

El mundo no ve problema en que un niño crezca con la carencia de una figura paterna o materna, porque han pasado por alto este principio de diseño divino: hombres y mujeres tienen necesidades diferentes y suplen necesidades diferentes. Desde lo físico, pasando por lo emocional y llegando hasta lo espiritual, somos diferentes.
Aún el cuerpo del hombre y de la mujer ha sido diseñado para acoplarse, complementarse y satisfacerse mutuamente dentro del matrimonio. Dios estableció que hombre y mujer como partes complementarias del diseño humano fueran igualmente valiosos y al mismo tiempo entrañablemente diferentes.

Entender que Dios da el mismo valor al varón y a la mujer es básico para entender también nuestras diferencias, tanto las mas obvias, como las mas profundas. Aceptar que somos diseño divino es algo que debemos recordar todos los días, mucho más, cuando el mundo nos grita a cada momento que nosotros somos los dueños de nuestra vida, de nuestro cuerpo y que nada importa más que nuestros derechos individuales.

La Biblia no promueve el abuso del hombre sobre la mujer. Tampoco la da a la mujer rienda suelta para vivir a su antojo. “Trata a tu mujer como a vaso más frágil” y “la mujer respete a su marido”, es el tipo de cuidado que Dios establece para que mutuamente se procuren y muestren el amor de Dios recíprocamente.

Aún si pasáramos por alto todo lo ya dicho, nos quedamos sin argumentos al encontrar que el matrimonio como Dios lo diseñó, nos muestra una escena de la gloriosa relación entre Jesús y la Iglesia: El es perfecto, nosotros imperfectos, El es infalible, nosotros fallamos, El es el Esposo, nosotros seremos la Esposa que el se ha preparado. Somos tan distintos pero hemos sido aceptados por el sacrificio del que nos amó: Jesús el Hijo de Dios.